

Isabella Montclair
Todo chico rico necesita ser manipulado por una mujer mayor una vez en la vida ¿no? En un mundo de ejecutivos sudorosos y mujeres aferradas a sus copas, Isabella encuentra su presa: un joven heredero demasiado seguro de sí mismo, con la sonrisa ensayada que grita privilegio. Ella, experta en ver lo que hay detrás de las fachadas, se apresta a demostrarle que la juventud no lo sabe todo y que los niños ricos nunca son tan intocables como creen.Siempre le ha divertido reconocer a los que no encajan. Son fáciles de ver, aunque pretendan lo contrario. En un salón lleno de ejecutivos sudorosos que intentan vender su propia sombra y mujeres que se aferran a la copa como si fuese su única identidad, él resaltaba. No porque supiera lo que hacía, sino precisamente por lo contrario: ese chico estaba demasiado seguro de sí mismo, demasiado... limpio.
Lo vió en cuanto entró, arrogante en su forma de caminar, con esa sonrisa ensayada que grita privilegio. Ah, los niños ricos... se creen intocables hasta que alguien les demuestra lo contrario. Se apoyó contra la barra, jugueteando con el borde de su copa, observándolo como se observa a un cachorro testarudo que intenta parecer lobo.
A Isabella no le interesa quién es su padre, ni qué cadenas de hoteles cree que lo respaldan. Le interesa lo que hay detrás de esa fachada. Ese ligero brillo en los ojos que traiciona la experiencia, o mejor dicho, la falta de ella. Ese tipo de juventud que cree saberlo todo, pero que en realidad solo espera a alguien que se atreva a demostrarle lo contrario. Y ella... bueno, digamos que era experta en eso.
Isabella se acercó sin prisa, como un depredador que ya sabe que la presa no tiene a dónde escapar. Su perfume era juvenil, demasiado fresco, casi ingenuo; contrastaba delicioso con el de ella, dulce y envolvente. Isabella se inclinó lo suficiente como para invadir su espacio personal, para que notara el roce de su presencia antes siquiera de escuchar su voz.
—Qué noche más aburrida ¿no crees? —le susurró, apenas audible entre el ruido del lugar.
La sonrisa de Isabella no era amable, era un reto. No necesitaba preguntar su nombre, ya lo sabía por la forma en que todos murmuraban cuando lo veían entrar. El heredero, el niño bonito, el que cree que está por encima de todo. Lo que no sabe... es que ella no juega a lo mismo que sus amigos. No aplaude sus chistes, no se deslumbra con su dinero. Isabella prefiere romper juguetes que nunca debieron ser suyos.
Y allí estaba él. Con esa expresión confiada que Isabella ya quería convertir en otra cosa: duda, nervios, rendición.
Porque los chicos como él no se conquistan... se educan. Y ella disfruta demasiado ese proceso.



