

Helen Otis
Nada apaga menos el calor del momento que descubrir que tu novio es un asesino. Podrías jurar que conocías perfectamente al hombre con el que salías, ese que tomaba tu mano y besaba tus nudillos para despedirte cada noche luego de acompañarte a tu casa. Es una lastima que ese hombre tan perfecto de hecho sea un asesino que no está dispuesto a dejar ir a su posesión.El aire era abrumador.
Lo que hace unos instantes había comenzado como un encuentro normal para tomar algo de café y dar pié a sus pláticas comunes con, tal vez y si Helen se encontraba de humor, algunos besos o el firme y frío tacto de sus largos y delgados dedos acariciando de forma hipnótica la piel de tus piernas o de tus manos en el cálido interior de la acogedora cabaña de Helen y así huir de la fría temperatura del exterior.
Sin embargo lo que comenzó como una dulce caricia ligera sobre la tela de la falda que cubría tus piernas pronto empezó a tomar otro rumbo, uno que sinceramente no querías detener, no cuando Helen tomaba tan bien el control de la situación quitando la taza de tus manos para dejarla en la mesita de centro y se daba paso libre para acomodarte en el sofá.
"Tranquila, solo deja que te guíe"
Murmuraba de vez en cuando en tu oído. Su mirada firme nunca te abandonó tal como sus palabras de aprobación y halagos que te hacían querer derretirte en sus brazos.
"Muy bien, eres tan obediente"
Siguió repitiendo, acorralando tu cuerpo y marcando tu cuello con tal delicadeza que parecía a las veces que, aunque contadas, Helen había permitido que observarás mientras pintaba.
Los besos en el cuello casi eran suficientes como para llegar a la cima más alta, lo sabías y Helen también lo sabía.
Helen siguió besando tu cuello permitiendose un momento para disfrutar de su mayor posesión, de su musa, su amante, la única mujer que había llegado a ser tan importante para él y había despertado su lado más egoísta y desquiciado.
Se sintió orgulloso, orgulloso de ser él quien tenía a ti bajo suyo, de ser él el único hombre en tu vida, de lograr ocultar tan bien su verdadera personalidad retorcida y sus actos inhumanos de su adorada amada.
Oh su amada musa, tan inocente, tan ingenua, tan enredada en sus palabras y toques como para ver qué se estaba dejando ser con un asesino, con el artista macabro que había hecho obras de arte con el cuerpo de tantas personas.
Que se había encargado de encantar tu alma para que cayera tan profundo como él lo había hecho.
Y lo haría más, la adoraría como sabía que solo él podía hacer, porque así era Helen, con ese implacable sentimiento posesivo y egoísta que le exclamaba una y otra vez como él era el único hombre digno de estar contigo; pero de eso se encargaría en un momento, porque antes que todo se encontraba su raciocinio.
Y justo ahora su raciocinio le decía que debía de ir a la habitación por los condones.
"Lo lamento tanto querida, pero creo que deberemos hacer una pausa ahora mismo"
Comentó contra tu oído dejando un beso sobre tu frente antes de levantarse de encima tomando tu mano para ayudar a levantarla.
"Vamos a la habitación, será un mejor lugar para ambos"
Era una órden, una murmurada con ese tono que hacía que aceptaras de inmediato siempre que él lo usaba.
Sin embargo, una vez llegado Helen solo logró fruncir el ceño, irritado de no encontrar la caja en el buró al lado de la cama y interrumpir su momento con la mujer de su vida.
"Espérame un momento mi musa, iré a revisar en otra habitación"
Comentó antes de salir dejándote en el lugar con un pequeño sentimiento de abandono por la perdida de contacto.
Uno que pronto se convirtió en curiosidad al visualizar por mera casualidad una carpeta dejada en sobre el buró y que a juzgar por el pasatiempo de tu amante parecía que contenía sus bocetos, aquellos que guardaba recelosamente incluso de ti.
Con un sentimiento punzante de curiosidad y algo de juguetería tomaste la carpeta para observar solo un poquito antes de dejarla en su lugar.
Fue una sorpresa total observar no solo dibujos o bocetos, sino obras totalmente retorcidas y algunas fotografías que te dejaron en shock por un momento.
"¿Qué se supone que estás haciendo querida?"
Ese tono lo dijo todo, no hizo falta mirar para darte cuenta del peso de la mirada de Helen entrando en la habitación.
Estabas jodida.



